sábado, 12 de diciembre de 2015

GUÍA PARA EL CONTROL DE CUCARACHAS, IV





 
 
La circunstancia de que estos animales pudieran saber más que yo de mí mismo, no me resultó especialmente agradable ni tranquilizadora; antes bien, más de una vez he tenido la impresión, casi certeza, de que mientras yo estaba convencido de que ejercía sobre ellos una presión y vigilancia continuos, en realidad eran ellos quienes desde sus miserables atalayas y fortines no dejaban pasar ni un segundo sin tomar nota precisa de mis actos e incluso pensamientos completos. No creo, en consecuencia, que sea un dislate afirmar provisionalmente que en alguno de sus ojos múltiples hubo o habrá un mínimo fragmento de mi imagen navegando por algún conducto de su sistema nervioso tan sensible. Si ello es así, tampoco creo que nadie, como me ocurre a mí, se quede impasible ante el hecho de que su muy querido ser vaya por ahí dando vueltas en un número indeterminado de estos fastidiosos insectos junto a una serie confusa de recuerdos añadidos, tales como restos de fideos pegados al suelo, algún garbanzo suelto, una pastilla rancia de caldo de carne y objetos similares.
Quizá porque todas estas consideraciones no dejaban de confundirme, por simple precaución o por algún inexplicable rasgo de extrema generosidad y bonhomía por mi parte hice el gesto de asustarla, por ver si todavía quería escapar. Salté y batí palmas como si fuera un pájaro o una liebre que me hubiese encontrado una noche en un camino vecinal, saqué del bolsillo un pañuelo y lo agité en el aire, a modo de despedida portuaria, dándole una última oportunidad, como si fuera un barco que se aleja mar adentro. Sin embargo, no se sintió aludida, lo que pudo venir en apoyo de mi tesis sobre los estragos que le ancianidad le había ido produciendo, aunque, por otra parte, pudiera confirmar que estaba ante la última de la especie que habitaba estos lugares y esa frialdad con la cual afrontaba la muerte no fuera otra cosa que una expresión de orgullo y dignidad muy a tener en cuenta.
¿Es concebible –me preguntaba- que este orgullo y esta dignidad se puedan deber a alguna otra razón?  Y prácticamente a la vez que me estaba haciendo esta pregunta, yo mismo me contestaba, admirado, que tales dignidad y orgullo estaban siempre presentes no sólo en los muertos frente a un pelotón de fusilamiento o los condenados injustamente, sino, sin excepción, en las personas de gran autoridad, como presidentes de gobierno, monarcas, arzobispos y guías espirituales en general. Por ello no era ni mucho menos un despropósito concluir que tales dignidad y orgullo se deberían en último término, más que (o a la vez que) a los obvios inconvenientes derivados de una avanzada edad, como pudiera parecer en principio, a que me hallaba ante un ejemplar único (no visto sino una sola vez en la vida) de algo semejante a alguien con gran influencia sobre las multitudes. Desde luego, esto me pareció de lo más sensato que pude discurrir en ese instante, ya que es muy conocido que en cierto tipo de animales, por contingencias diversas, siempre hay uno que destaca y orienta a los restantes. Basta con traer a colación el fenómeno de las migraciones, lo cual requiere uno, el más fuerte de la especie, que haga de capitán y protector sobre los que se dejen capitanear y proteger, confiadamente o por imperativo de la Naturaleza o por haber elegido el mal menor, casi nadie se escapa de uno de estos motivos. Qué características deba tener este animal –ya sean elefantes, aves o mosquitos,  – para que los restantes individuos de la tribu le adjudiquen la delicada misión de servirles de, por decirlo así, intérprete de sus voluntades, es cuestión que aún no se conoce, pero algo tendrá el agua cuando la bendicen. Que es como decir que, aunque en apariencia no sea así, algún mérito tendrá hecho más que el resto del grupo, en el caso de las cucarachas ser más fuerte, copular con mayor gracia o poseer un nido más confortable. El animal y yo nos contemplamos una vez más y apagué la luz de la cocina.

viernes, 27 de noviembre de 2015

GUÍA PARA EL CONTROL DE CUCARACHAS, III

















ANOCHE finalmente sorprendí a una de las grandes. ¿Será esta la última que queda? Si no se tratara de lo que se trata, diría que resulta conmovedor volver a ver alguna después de un par de semanas. Me había acostumbrado a ellas y estoy convencido de que ellas también se habían ido acostumbrado a mi presencia de tirano y genocida.
La que descubrí era enorme, gigantesca, no creo que tuviera rival allá adentro, en los nidos, y estaba subiendo despacio por una pared. No acierto a comprender de dónde pudo haber salido dado su tamaño. Aparentemente subía con una cierta magnificencia, con un poco de boato y protocolo. Pero quizá lo que ocurría es que era tan mayor que ya no le resultaba sencillo andar escalando por las baldosas blancas. Quizá sus patas hubieran perdido la elasticidad y la adherencia que tuvieran en su época de cucaracha juvenil y, sin embargo, dada la situación de general mortaldad, los campos y las cunas arrasados, había decidido tomar sobre sí la carga de hacerse visible en representación de toda la especie para decir aquí estoy, aún quedamos.
No sé de dónde ha podido salir. Al dar la luz, se quedó quieta, no reaccionó, desde luego, como yo esperaba. Tampoco se movió ni siquiera cuando me acerqué para verla. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
Lo que inicialmente se me ocurrió fue irme a dormir y pensar que todo no era sino una fantasía. ¿Qué sucedería si yo ahora mismo me fuese a dormir y pensara que todo no es sino una fantasía? me dije. Pero enseguida se dio la vuelta muy lentamente, con esa pereza de los años y la sabiduría, y se enfrentó a mi mirada, oliéndome, palpando el aire con el par de antenas. Ese comportamiento me desconcertó porque ¿pretendía desafiarme o sólo reconocerme? ¿Lo hacía por curiosidad, para ver quién iba a ser el verdugo que iba a acabar con su vida? ¿Sospechaba que había llegado el momento que, indefectiblemente, había de llegar?
Por alguno de estos motivos o por otros distintos, el caso es que se quedó quieta.  Tengo la impresión - que nunca, desde luego, podré aclarar- de que no era la primera vez que veía a uno de mi especie. Es innegable que, debido a su avanzada edad, habría visto mucho, habría visto nacer y morir a varias generaciones con total indiferencia y sabiduría. Durante años en que nadie se preocupó de ellas, habrá vivido relajada y satisfecha, dejando pasar los amplios periodos de paz en cada nido. Hará memoria de su larga vida y aún le parecerá estar viendo aquellas primeras mañanas en que despertaba y ponía armónicamente en movimiento sus seis patas y paseaba marcialmente su figura capitana por las madrigueras y entresijos, desplegando democráticamente un saludo a cada cual, deseando salud y prosperidad a todo el mundo, pero diciéndose en el fondo más íntimo e inconfesable, como el cardenal Cisneros al señalar sin recato tierras y ejércitos sumisos, “estos son mis poderes”.  Asimismo reconocerá no haber podido apartar del pensamiento los posteriores periodos de crisis, consustancial a toda sociedad civilizada, en los cuales escasearía la comida y el recreo –exceptuando a la clase dirigente- y notaría secretamente en sus carnes un inusual escalofrío, a la vez que calculaba cómo continuar engañando al nido entero diciendo a unos y otros que la sensación de ruina era sólo pasajera. Que ya vendrían tiempos mejores, más alimento, menos privaciones, mayores libertades públicas, todo un feliz repertorio de ideas conducente a mantener el viejo status quo con la anuencia babosa de cientos y cientos de mentes despojadas de todo sentido crítico y mínimamente novedoso, un antídoto contra ideas arriesgadas, distracciones para los más jóvenes, falsas esperanzas para todos, panem et circenses.
Por otra parte, no hay que olvidar que también en alguno de sus diminutos dos cerebros se habrán ido acumulando al albur de los tiempos, como en el mío, imágenes de esta casa – imágenes táctiles, olfativas, pues son prácticamente ciegas- desde hace por lo menos dos años y medio o quizá tres. Pánico me da considerar lo que verían –olerían, tocarían- las generaciones anteriores, de las que este animal de hoy es solitario descendiente, final de raza. Por alguna recóndita abertura asomarían sus ojos multiformes y veladamente distinguirían la presencia fantasmal de mi madre trajinando todavía en la cocina, venir de la calle con aquella bolsa de nailon y asas grandes y redondas, de colores muy vistosos, llena de manjares para ellas. Escucharían el sonido del viejo transistor a pilas donde mi madre sintonizaba siempre la misma emisora a fin de oír las noticias y los programas deportivos.
Cuando llegamos a esta casa, ya habíamos comprado un buen televisor. Si algún antepasado de este curioso animal que he descubierto hoy, anduvo por aquí, no dudaría lo más mínimo en decirse pies para qué os quiero al escuchar los domingos de invierno por la tarde las escandalosas explosiones de los granos de maíz en la sartén y fuera de ella. Los domingos de invierno por la tarde la familia compartía, como si se tratara de un cáliz sagrado, un buen plato sopero de palomitas de maíz saladas y un buen programa de televisión, generalmente películas antiguas o concursos millonarios, todo en blanco y negro, desde luego. Adivino, sin embargo, la cautela con que se aproximaría de noche uno de estos nerviosos animales a una palomita de maíz perdida en su salto. Dejándose conducir por sus finísimas narices, es posible que después de días de no probar bocado, se vería inmediatamente seducido por la forma irregular del resto de comida, por sus partes de olor a aceite frito, por su muelle consistencia y sencilla digestión. Lo que no mata, engorda, sería la cobarde moraleja de aquel lejanísimo tatarabuelo de éste que, acuciado por la hambruna, se lanzaría a devorar inconscientemente el ruidoso proyectil, transformado después de haber pasado apenas unas horas (a veces, reconozcámoslo, un par de semanas) en manjar para boca de príncipes.

jueves, 29 de octubre de 2015

GUÍA PARA EL CONTROL DE CUCARACHAS, II







DESDE hacía muchos días, no había visto ninguna, pero no era concebible que hubiese acabado con todas, era insensato pensar que yo solo hubiese exterminado a toda la colonia de estos animales. Seguramente quedan aún algunos sueltos, perdidos, por tuberías o entre paños húmedos, en los cubos. Seguramente – pensaba yo- alguno más cobarde no haya querido dar la cara y se haya refugiado en algún rincón inaccesible esperando a que pasara todo y volvieran tiempos mejores. Ahora ya me resulta innegable que cada uno de estos bichos, considerados individualmente, debe de tener su personalidad, su estilo, por nacimiento o por adaptación al medio, como lo tienen animales no mucho más inteligentes ni más complejos que ellos (pensemos en las serpientes o en los peces de un acuario). Si observándolo todo desde un punto de vista estrictamente físico, no es desdeñable la posibilidad de que entre tantos individuos como he visto estos días haya alguno más voraz que otro, alguno más torpe de movimientos, ¿por qué no deducir que suceda lo mismo en el plano espiritual? – me preguntaba- ¿No habrá al menos uno que sea nervioso? ¿Uno que sea más asustadizo o pusilánime que el resto? ¿Por qué no puede haber, pues, uno que sea inequívocamente cobarde? Me imagino que cuando se haya dado la voz de alarma en los nidos y todos hayan salido corriendo como ratas asustadas, él se habrá quedado quieto en alguna hendidura, calculando las posibilidades de sobrevivir entre la multitud histérica y pensando si valía la pena salir por comida esta noche, dados los rumores que llegaban de lo que estaba ocurriendo allá afuera. Lo terrible, lo estremecedor –habrá pensado- no es sólo la muerte en sí, pues, a fin de cuentas, todos tenemos un tiempo limitado, así es la vida y los asuntos de este mundo traidor, lo indeseable es que, según cuentan algunas leyendas, la muerte no sea algo que se acerque tan callando a pesar de las sevicias de la vejez, o que, sin aguardarla, suceda brutalmente, como un rayo, sino que venga –habrá pensado- por lento agotamiento, provocada por algún agente externo o a consecuencia de decapitación accidental. En tal caso no quiero pensar –pensará- qué horrible sensación seguir viviendo sin cabeza –y, por lo tanto, ciega, muda y sorda- y acabar olvidada por todos debajo de un lavabo, desorientada, arrinconada, extinguiéndome por sed o falta de comida. Me pregunto –se preguntará- cómo será morirse sin cabeza, cuál de los dos partes en que habrá quedado dividido mi cuerpo entero echará más en falta a la otra, no quiero pensar –pensará de nuevo- qué enorme crisis de identidad me sobrevendrá desde ese mismo instante, pues quién seré realmente yo de las dos –digamos- partes en que me habré convertido; ¿seré hasta el día de mi fallecimiento sólo una irregular esfera y dos antenas con las que todo el mundo tropieza y de las que todo el mundo se queja en voz alta o seré un bulto perfecto con seis patas pero incapaz de percibir la realidad? Quién morirá antes, mi pequeña cabeza o su querido complemento, y en caso de que fuera este último, ¿será tan cruel la Naturaleza al permitir que una parte de mí mismo observe con total angustia como la otra va languideciendo y se van contrayendo sus extremidades hasta caer ridículamente de espaldas contra el suelo?
Si me decido a sellar con silicona o cemento las entradas y salidas a la colonia les daré, en consecuencia, un considerable golpe psicológico que no olvidarán por más que vivan. Algunas, las más intuitivas, al verse sometidas por la oscuridad completa, morirán en un primer momento debido a una impresión brutal de pánico, la mayor parte (pelotón de individuos sin ninguna inteligencia ni imaginación) se quedarán como aleladas, sin referencias (si es que alguna vez las han tenido), aguardando a que alguien pueda explicarles lo que ocurre e indicarles el camino de la salvación. Se irán formando largas colas en torno a lo que fueran salidas al exterior, si bien casi instantáneamente cundirá el desaliento, se relajarán las filas y mermarán las voluntades. Sólo cuando hayan pasado unos días sin beber ni alimentarse, empezarán a aparecer las primeras bajas. Dudo mucho que estos animales tengan, como las hormigas, sustento de reserva, de hecho su semejanza con las cigarras no es nada desdeñable. Las más susceptibles se sentirán abandonadas, deprimidas y se dejarán vencer silenciosamente por las enfermedades y la muerte. Incluso es muy probable que sean conscientes de que, dada la situación de emergencia, en pocas horas sus cuerpos serán devorados para provecho de otros cuerpos más sanos y ambiciosos, casi todos individuos resistentes y directivos de la especie colonial, cuya presencia interesada alrededor de las menesterosas fomentará (sólo mentalmente) la presunción del anunciado Apocalipsis que de manera indefectible, a través de los siglos y especialmente en los momentos de crisis, aparece cíclicamente en todas las culturas estudiadas hasta hoy, desde las más primitivas hasta las más sofisticadas. La pregunta que me hago ahora es: semejante actitud, con gran probabilidad desconocida por todos los sujetos de la tribu, ¿será capaz de originar algún conflicto inesperado entre las víctimas y los verdugos o, por el contrario, aquéllas, influidas por la autoridad, la fuerza y la propaganda de éstos, se convencerán finalmente de que su sacrificio es necesario para la supervivencia del grupo? Aunque es muy arriesgado dar una respuesta desde un punto de vista científico, me atrevería a asegurar que estos animales, después de ser engañados, optarán por engañarse a sí mismos y aceptarán una inmolación que en absoluto debe acompañar a las exigencias y servidumbres de su naturaleza. Así, de engaño en engaño y de autoengaño en autoengaño procederán a devorarse unas a otras en el plazo aproximado de un mes –periodo de tiempo en que pueden soportar la hambruna- hasta que sólo quede un ejemplar, motor primero de la Creación en términos escolásticos, del que nadie se pueda ya aprovechar, pero que asimismo, en adelante, le impedirá decir con Shakespeare: ¡Oh, vosotros, ejércitos celestiales…!, etc.
Eso por no caer en el pesimismo y pensar que el individuo en cuestión sobreviviente, pudiera ser hembra. Desconozco el grado de lascivia que puede llegar a alcanzar una cucharacha, pero sé, para mi desgracia, que sólo es preciso entre estos animales realizar una vez la cópula para quedar –digamos- embarazada la hembra durante meses y meses. Si con una vez que realicen la cópula ya quedan fecundadas ellas, es posible que la Naturaleza predisponga la circunstancia de que –digamos- con una vez ya basta, con lo que calculo que el número de machos insatisfechos sexualmente podía llegar a ser enorme y, en consecuencia, enormes también las posibilidades de fecundar a otras muchas hembras. Además, estoy casi seguro de que si no hubiera suficiente con esta circunstancia, por cierta ley de supervivencia las cucarachas hembras, conscientes de la fealdad intrínseca a todos los individuos de la especie, segregarán algún tipo de feromona, líquido o gas tremendamente embriagador para los machos, que los volverá locos de lujuria y hasta puede que genéricamente locos, desquiciados.